viernes, 30 de noviembre de 2012

Sabes más de lo que haces.

Despertar a las siete de la mañana un día viernes y recordar que estás enfermo gracias a que el piso helado te inyecta una dosis de dolor matutino; meterte a bañar y saber que no puedes postergar ni un momento más tu visita al doctor; lo que te desanima no es la visita al médico sino la distancia que te falta recorrer y mucho más la cantidad de personas que estarán enfrente tuyo para poder recibir atención médica. Sales de tu casa sabiendo que aunque vallas temprano llegaras tarde. Llegas al hospital luego de media hora de camino, hasta el momento todo está “bien”, te enfrentas a lo más terrible. Hay veinte personas enfrente de ti esperando que las atiendan. Lo malo no es eso, lo malo es que esas personas son del turno matutino y tú perteneces al vespertino. Esperas a que alguien más de tu turno llegue para darle la hoja con los que se anotaron aquella mañana sabes que alguien tiene que llegar pero nadie llega y no puedes dejar la hoja ahí, te tienes que hacer responsable, mientras tanto te pones a estudiar un poco porque sabes que tendrás examen dentro de unas horas, y por fin llega alguien pero es demasiado tarde. Te conviene más quedarte puesto a que te tienen que apuntar en la lista para la cita médica. Te apuntan a las dos de la tarde y tu sabes que ya está muy tarde para tomar camino para que te apliquen el examen. Llegan las tres y media y el médico al fin te atiende, tú recibes su diagnostico pero es algo que ya te sabías “pie plano por nacimiento” te manda hacer radiografías y a tomar pastillas durante quince días. Sales del consultorio pides un justificante medico y te lo dan, pides tu tarjeta de citas y te enteras que te están esperando para entregártela en medicina preventiva. Vas a donde tienen secuestrada tu tarjeta y te la entregan. Pero eso sí, antes te ponen la vacuna que te faltaba por qué no te la quisiste pones cuando tenias doce años ahora que tienes veinte te obligan a ponértela, sientes que eras más libre hace ocho años atrás. De recompensa en vez de darte una paletita como lo hubieran hecho hace ocho años antes te dan: preservativos, pastillas anticonceptivas, cepillo de dientes y pastillas para las caries. Todavía te preguntan que si quieres más… Sales sin rumbo fijo pues no conoces la zona pero feliz porque después de todo ya vas a tu casa. Recuerdas de repente que tienes que apartar cita para las radiografías y vas a buscar un camión que te deje en otro hospital. La cita te la ponen para dentro de otros veinte días; ya cansada, con hambre, soñolienta y con el brazo izquierdo entumecido te dispones a ir a casa. Llegas a tu casa haces algo de comida-cena, comes apurada, limpias un poco y te metes al ordenador a disponerte a pasar una noche agradable, esperando claro, que si el día fue tan agotador la noche no lo sea.

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